#VIOLENCIA | VÍCTIMA DE BRUTALES PALIZAS INCINERÓ AL MARIDO MIENTRAS DORMÍA

Estaba atrapada y corría riesgo su vida y la de su hijo. En juicio, la fiscalía no la acusó y fue absuelta. Es el primer antecedente de perspectiva de género en la Justicia neuquina.

El domingo 5 de diciembre de 2010, a las 9, una mujer con la mirada perdida, el rostro tiznado y el cabello ondulado y sucio con tierra ingresó a la Comisaría 21 del barrio Melipal caminando, agotada y al borde del desvanecimiento.

Se apoyó como pudo en el mostrador y le dijo al oficial de servicio que la atendió: “Acabo de prender fuego la casilla con mi marido adentro”.

El impacto inicial de las palabras en la cabeza del policía se transformó con los segundos de silencio en un eco lejano.

El hombre no terminaba de entender el enunciado incriminatorio que acababa de realizar esa mujer que a simple vista parecía débil e indefensa.

Lo primero que atinó a hacer el policía fue asistirla. La llevó a una oficina, la sentó, le dio un vaso con agua y le pidió que se tranquilizara y descansara.

En paralelo, la sirena que sintió una media hora atrás lo llevó a llamar al cuartel 6 de bomberos del barrio Gregorio Álvarez. Del otro lado de la línea le confirmaron que habían salido dos dotaciones hacia la toma Amanecer en Villa Ceferino. El bombero le dijo que el siniestro era en la calle Ruca Choroy, manzana 7 A, lote 12, y que el aviso lo habían dado los vecinos.

El policía le pidió al bombero que aguardara un segundo en línea y corrió hasta la oficina donde estaba la mujer y le preguntó la dirección. Ella, que parecía estar perdida, no respondió. El policía le dijo entonces la dirección y ella asintió con la cabeza. Ahí supo que esa mañana había arrancado con el pie izquierdo. Levantó de nuevo el teléfono y le dijo al bombero que buscaran entre los escombros un cuerpo. Tras un breve detalle, colgó. Ahora, el que tenía la mirada perdida en la nada era el policía.

En el lugar del siniestro, los vecinos confiaron que cuando advirtieron el fuego, las llamas tenían entre tres y cuatro metros. “Quisimos sofocar el fuego, pero las llamas eran muy altas, ya era demasiado tarde. Hasta a los bomberos les costó extinguirlas”, contaron en ese entonces a este medio.

Tras aplacar el fuego, revisaron los restos de la pequeña casilla y al lado de lo que había sido una cama matrimonial había un cuerpo calcinado, por lo que de inmediato dieron aviso a la Fiscalía de Graves Atentados contra las Personas.

Autora confesa

Para los investigadores, todo fue muy sencillo de esclarecer, lo que se tornaría compleja sería la trama por la cual se había cometido dicho crimen.

Utilizando unos pocos dedos, un policía tecleó en la máquina de escribir: “Elcira del Pilar Ojeda Ramírez, 43 años. Nacida el 19 de septiembre de 1967 en Valdivia, Chile. Posee estudios primarios incompletos, llegó hasta tercer grado, lee y escribe. Tiene seis hijos, cinco del primer matrimonio con Miguel Vilches y uno con la víctima, que es José Eduardo González, de 42 años”.

Elcira confesó que ella había matado a González y dio cuenta de todo un derrotero de violencia y denuncias sordas que radicó en la Policía y la Justicia.

Hasta hoy, los funcionarios judiciales que participaron del caso recuerdan patente el accionar y la descripción de Elcira.

“Vivía una situación de violencia terrible, incluso unos días antes, él le había provocado un corte con un cuchillo en el cuello y la había amenazado de muerte a ella y al hijo. Esa herida y esa amenaza detonaron en la mujer su instinto de protección”, confió a LMN un especialista que trabajó en el caso.

La madrugada del 5, González llegó borracho a la casa. Ella soportó otra golpiza y unos cuantos insultos. En su interior, sabía que esos serían los últimos.

Al hijo que tenía con González, de tan solo 5 años, le pidió que fuera hasta lo de un vecino a pedirle combustible, pero este no tenía.

Elcira, recuerdan algunos funcionarios, sacó combustible de la motito que tenían y cuando González se tiro boca abajo a dormir por su borrachera, ella roció la cama y colgó todas las denuncias en las cortinas de las ventanas. Cuántas cosas estaba diciendo en ese accionar, ese lento transcurrir, tal vez detenerse un segundo a mirar la fecha, la causa de alguna de las tantas denuncias que nadie había querido escuchar.

Luego tomó a su hijo en brazos, arrojó un papel en llamas, puso el candado en la puerta de la casilla y se fue hasta la casa de su hija mayor, de 19 años, mientras a sus espaldas comenzaba a arder el pasado. Le dejó al hijo más chico y de ahí se dirigió a la Comisaría 21 para entregarse.

El informe de los bomberos fue contundente y coincidente con la versión de la mujer, y la autopsia sobre el cadáver fue compleja porque estaba calcinado, de hecho, en el acta pusieron que González murió carbonizado.

Marcelo Muñoz, que en ese entonces era titular del Juzgado de Instrucción 3, tuvo el caso en sus manos y entrevistó a Elcira. La mujer le reveló la violencia que padecía y dijo que nadie la escuchó en las distintas oficinas a las que recurrió y que, cada vez que denunciaba, la agresión iba in crescendo. Además, le contó al juez que González tenía antecedentes delictivos tanto en Neuquén como en Río Negro, como para sumar algo más.

Ante la marea de información, Muñoz actuó de acuerdo con el manual de la época, ordenó la detención de Elcira en la cárcel de mujeres, la U16, y luego la imputó de homicidio con alevosía, doblemente agravado. La figura penal conllevaba la pena de prisión perpetua.

Revocan todo

La defensora Ivana Dal Bianco tomó la posta para sacar adelante a Elcira y demostrar que detrás de ese crimen había una mujer que enfrentó una encrucijada donde era su vida o la de su agresor.

Pese al abismo en el que se encontraba Elcira, ella estaba aliviada porque había puesto a salvo a sus hijos, que también habían sido blanco de las amenazas de González.

Dal Bianco, desde el 22 de diciembre cuando le dictaron la prisión preventiva a Elcira, buscó reunir todos los elementos que configuraban la situación de extrema violencia en la que se encontraba sumida y apeló.

En los primeros días de enero, con los elementos reunidos, la Cámara de Apelación revocó la resolución de Muñoz, reformuló la calificación jurídica de la causa a homicidio en estado de emoción violenta y ordenó la inmediata libertad de Elcira, que ni bien pisó la calle se abrazó con sus hijos y con su abogada.

Para la época, todo fue prácticamente en tiempo récord.

Elcira

Hasta acá, hay una mujer, madre, víctima y protectora de su prole. Los distintos informes que se solicitaron dejaron al desnudo una historia de vida que aún hoy estremece.

El ex juez Marcelo Muñoz solicitó una pericia psicológica en ese momento.

Acá hacemos un paréntesis: cuando la Cámara de Apelación liberó y cambió la caratula del caso, la fiscalía que tenía que llevar adelante la acción penal “esperaba que se encontraran en las pericias elementos para declararla inimputable”. “No querían seguir adelante con la causa y menos aún después de que surgieron todos los antecedentes de violencia. Esto obligó a la fiscalía a buscar una alternativa para ver de abstenerse de acusar en juicio”, confió una fuente a este medio.

El informe psicológico que figura en el expediente estuvo a cargo del perito psicólogo oficial Flavio D’Angelo y fue entregado al juez Marcelo Muñoz el 21 de febrero de 2011.

Hubo dos encuentros y Elcira “habló sin culpa y con cierto alivio”, reveló una fuente que trabajó en el caso y conoce la desgarradora historia de vida de esta víctima.

La conclusión del informe forense echó por tierra la expectativa de la fiscalía de inimputabilidad. De hecho, detalló: “Se trata de una persona que no reúne criterios para un diagnóstico de trastorno psicopatológico, incluido estrés actual. Por otra parte, si bien las soluciones que encuentra a sus problemas no son suficientemente exitosas, tiene suficientes recursos de afrontamiento para dirigir y controlar el afecto y el comportamiento”.

El perito agregó otros datos como que la mujer hacía procesos intelectuales correctos pero obtenía resultados nada satisfactorios. Controlaba los afectos y buscaba la aprobación de los demás por su escaza autoestima. De su personalidad se pudo rescatar que vacilaba entre pensar antes de actuar, incluso solía recurrir a los demás para buscar distintas soluciones y, ante la incertidumbre, tendía a repetir viejos errores. Siempre buscaba hacer lo correcto, a tal punto que era consciente de la criminalidad de su acto, de hecho, fue a la Policía tras prender fuego la casilla con su pareja adentro. Pero en ese accionar hay un derrotero de vida por la que, hasta el día de hoy, todos los que trabajaron en el caso la consideran una sobreviviente.

Una vida traumática

La información relevada del expediente da cuenta de que Elcira provenía de una familia chilena de condición socioeconómica baja. Emigraron a la Argentina en busca de trabajo y una mejor calidad de vida. Elcira tenía 9 años y ocho hermanos, ella era la cuarta. Elcira era hija de una relación anterior de su madre. A la Argentina vino con el padrastro que era alcohólico, poco trabajador y violento con su madre y con ella, a la que en una ocasión le fracturó un brazo.

La madre soportaba la violencia y ya había caído en una suerte de desinterés por todo, de hecho, Elcira recordó en la entrevista la falta de afecto y cuidados por parte de su madre hacia ella.

Todos sus hermanos abandonaron la escuela a temprana edad y comenzaron a trabajar.

En el caso de Elcira, le esperaría un destino mucho más duro, justamente por ser mujer en esos años, los 80.

A los 13 años, en 1980, mientras trabajaba como empleada doméstica en Neuquén, su patrón abusó sexualmente de ella en forma reiterada durante los cinco meses que duró el empleo.

Cuando la madre se separó del padrastro, el hombre abusa de ella cuando iba a buscar el dinero de la cuota alimentaria.

Los abusos no fueron denunciados. Se entendió que los soportaba con el único fin de poder sostener el empleo y conseguir dinero para la familia.

Escapar para adelante

Muchas veces, correr hacia adelante suele ser un recurso que se utiliza para tratar de escapar de algunas situaciones, no siempre con éxito, porque el pasado no nos abandona.

Elcira lo utilizó y fue así que se convirtió en madre siendo muy jovencita.

En 1984 se casó con Miguel Ángel Vilches y tuvo seis hijos, el primero en 1985 y el último en 1998.

Durante esa relación no sufrió episodios de violencia. Pero cuando se separó, Vilches le dio una trompada y le fracturó la mandíbula. No lo denunció.

En esos años, trabajó en el trueque vendiendo CD y luego se convirtió en coordinadora barrial de Acción Social.

En 2005 se enamoró de José Eduardo González y al poco tiempo se fueron a vivir a la casa de su suegra, mientras que sus hijos quedaron viviendo en la casa materna.

Bienvenidos al infierno

No hizo falta que apareciera en escena Caronte ni cruzar las aguas del río Aqueronte. Solo había que tomar la mano de González y entrar en una casilla precaria en la toma Amanecer en Villa Ceferino para saber lo que era el infierno.

Al poco tiempo de estar en pareja con González, quedó embarazada.

El hombre no trabajaba, pese a que ella le insistía y hasta le consiguió, gracias a la ayuda de sus hermanos, algunas oportunidades que obviamente desperdició.

La violencia se comenzó a manifestar en el quinto mes de embarazo. Consta en el expediente que la agarraba de los pelos y le golpeaba la cabeza contra la pared, en ocasiones hasta dejarla inconsciente.

“Las palizas se fueron haciendo frecuentes, sin motivos aparentes o por nimiedades: golpes de puño en el rostro y el cuerpo, patadas, estrangulamientos y, por último, un corte en el cuello, caracterizan los malos tratos recibidos. A raíz de dicha violencia, que no deja de padecer incluso durante la gestación de su embarazo, el niño nace prematuro y ella queda con una mastitis crónica debido a una fuerte patada que recibe de su pareja en la mama derecha, a raíz de la cual es operada”, detalla uno de los informes del caso que da cuenta de que tras la mastitis fue que se animó a radicar la primera denuncia que cayó en saco roto.

En ese contexto de violencia, Elcira comenzó a conocer que su pareja gozaba de un interesante prontuario delictivo tanto en Neuquén como en Río Negro. Y cuando no estaba en la casa, no es que anduviera buscando trabajo, aunque nadie negó que estuviera haciendo unos laburitos ilegales.

A lo largo de los cinco años que siguieron, ninguna de las denuncias de Elcira tuvo eco, todo lo contrario: el impacto era adverso porque se incrementaban las golpizas y la violencia.

De hecho, el viernes 3 diciembre, previo al crimen, el hombre la agredió con un cuchillo en el cuello y la amenazó de muerte a ella y al hijo. Eso determinó a Elcira a acabar con su pareja, de lo contrario su hijo o ella terminarían en una tumba.

Vanguardia y secuelas

Previo al juicio que se realizó a mediados de 2012, el Tribunal Superior de Justicia (TSJ), a instancias de la Cámara en lo Criminal Segunda, solicitó un nuevo informe donde pedía concretamente “informar todo acerca de las consecuencias psíquicas que ha producido la violencia familiar sufrida por la imputada, los efectos que tal situación genera en la persona que sufre la misma y, específicamente en este caso, qué indicadores de violencia familiar se pueden determinar, se especifique la percepción de la realidad, cuál era el estado de vulnerabilidad respecto del victimario, cómo funciona esta situación de vulnerabilidad, el círculo de la violencia y demás efectos en una situación de violencia hacia la mujer en la percepción de la realidad de la persona que la sufre y todo otro dato que sea de interés para la causa”.

El pedido era sumamente vanguardista en ese entonces, de acuerdo con lo que explicaron profesionales de la salud mental que trabajaron en el caso.

Estaban tratando de saber todo sobre lo que hoy es violencia de género.

Se armó un equipo interdisciplinario que se encargó de elaborar dicho informe en el que dejaron en claro: “Elcira no habría logrado a lo largo de su vida correrse del posicionamiento que habría ocupado dentro de su familia nuclear: servicio, satisfacción de las necesidades de los otros, objeto de descarga. Establece su relación con González en momentos en que su función como mujer y como madre, internalizados como deberes funcionales a las necesidades, deseos e imposiciones de los otros, ya habrían dejado de ser requeridos por su grupo familiar y se encontraba sin pareja. Esa relación habría estado caracterizada por el aislamiento, la violencia física, psicológica y el apego de tipo patológico, donde aparentemente ambos intentaban subsanar y reconstruir faltas, ausencias y traumas constitutivos de sus personalidades”.

Además, detallaron: “Habría intentado implementar diferentes estrategias para protegerse de esa relación altamente riesgosa: reiteradas separaciones e intentos de generar cambios en su pareja. Sin embargo, todas esas tácticas se veían frustradas, por lo que no podía sostener su corrimiento dentro de esa dinámica violenta”. Así funciona el círculo de la violencia, por eso es tan importante el acompañamiento de profesionales.

“Los espacios o momentos de reconciliación, típicos del círculo de violencia, eran cada vez más cortos o inexistentes, por lo que la entrevistada se habría encontrado en situación de permanente amenaza, aislada y sin recursos personales, familiares o sociales para poner fin o mitigar las agresiones intempestivas, masivas y sin límites, por lo que la sensación y sentimiento de riesgo para su propia vida y las de sus hijos se habría hecho cada vez más real y premonitoria. Es en ese estado emocional y contexto familiar es donde se habría desencadenado todo”, detallaron las especialistas sobre las secuelas que sufrió Elcira y que la condujeron a tomar la única salida que le quedó como alternativa.

Estado de necesidad exculpante

Con el viejo código, la causa llegó a juicio en junio de 2012 bajo la carátula que había estipulado la Cámara de Apelaciones: homicidio en estado de emoción violenta.

El fiscal en ese juicio fue Pablo Vignaroli, que recordó a LMN: “La mujer era víctima de violencia de género, pero no estaba del todo formalizado esto en el fuero penal. Los testimonios de vecinos dieron cuenta del maltrato diario al que era sometida”.

“En un momento del juicio, ella contó que la había atacado con un cuchillo, el día anterior, y la había amenazado de muerte. Ella sintió que había llegado a un punto donde era su vida o la de él. Pensaba que la mataba y no tenía las herramientas ni la fuerza para enfrentarse al tipo, por eso es que esperó a que se durmiera para matarlo y liberarse de él. Esto, obviamente, para evitar cualquier tipo de resistencia de parte del hombre”, detalló Vignaroli, quien aseveró: “El estado no le dio la protección necesaria y la llevó a tomar esta determinación”.

Por ese entonces, la fiscalía tenía que acusar y la violencia de género era un paradigma que tímidamente venía surgiendo pero del cual la Justicia no se hacía cargo.

“Sin estar en boga la perspectiva de género, fue la primera vez que se aplicó. Fue un proceso que se fue dando en la medida en que iba transcurriendo el juicio. Lo que siempre me llamó la atención en los homicidios es la pregunta qué lleva a alguien a matar de esa manera. Y esa respuesta se fue dando en la medida en que se iba presentando la evidencia”, recordó el fiscal.

“Nosotros padecimos, en algún momento, porque no había intenciones de acusarla. Ella no era inimputable a los fines legales, no hubo emoción violenta y encima, si querés sumar un elemento más, hubo alevosía. Pero buscamos y encontramos en el Código Penal un elemento que nos ayudó mucho, que fue ‘el estado de necesidad exculpante’. Esto se da cuando decís ‘es mi vida o la de él’, lo que es una situación límite. Ahí, recuerdo que le avisé a la defensa que no iba a mantener la acusación y, visto hoy a la distancia, aplicamos perspectiva de género”, sintetizó Vignaroli.

Cambio de mirada

Hoy en día, hasta las investigaciones se arrancan bajo el paradigma de la violencia de género, pero hace doce años atrás el juicio marcó un cambio en la mirada de algunos los funcionarios judiciales.

Florencia Martini fue la encargada de presidir dicho tribunal junto con Andrés Repetto y Héctor Dedominichi. Martini recordó el caso y la tremenda violencia que sufrió Elcira. Creen que volvió a vivir a Chile.

La jueza contó que durante el juicio fue fundamental el testimonio de una psicóloga (que dio a conocer el informe antes mencionado que había pedido la Cámara en lo Criminal Segunda, además de las pericias y testigos), que habló del círculo de la violencia. “En un momento, González ya había amenazado con matar a uno de sus hijos. Esto ponía en riesgo su prole, y si bien había aguantado todo el maltrato hacia ella, cuando entra en juego la vida de sus hijos es ahí que toma la decisión de matarlo”, señaló.

“La fiscalía utilizó, para abstenerse de acusar, el estado de necesidad exculpante y tiene sentido, porque ella no tenía la posibilidad de actuar de otro modo, estaba condicionada, como pasa en la violencia de género”, destacó Martini, que hoy a la distancia recuerda el caso como un antecedente de perspectiva de género.

Esto con el tiempo se transformó en un antecedente clave en la teoría feminista a la hora de generar modificaciones en las leyes que hacen a la violencia de género.

LMN

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