VIDEO: LA ASOMBROSA Y EMOCIONANTE HISTORIA DE CÓMO UNA MUJER TRANS LE SALVÓ LA VIDA A UN BEBÉ DE 20 DÍAS

Alma Cristal Barraza es emergencista y operadora de radio del SAME en Mar del Plata. Hace diez años estaba en la Ciudad de Buenos Aires celebrando la sanción de la Ley de Identidad de Género y hace un mes estaba salvándole la vida a un bebé recién nacido. La cronología de un hecho dramático y la historia de una persona pionera en la asignación de derechos a las mujeres transgénero en el país

Yemina no espera que el auto se frene y abre la puerta del acompañante con la mano derecha. La mano izquierda la tiene ocupada. Marcos lo hace recién cuando el auto se detiene. No apaga el motor. No le importa. Tampoco estaciona la camioneta. La deja ahí, con las dos puertas abiertas, en el medio de la avenida Juan B. Justo. Baja corriendo, golpea los vidrios del frente de un edificio. También grita. Había visto, en medio de la desesperación, un logo del SAME en la dependencia del Centro de Operaciones y Monitoreo (COM) de Mar del Plata. Había calculado, en medio de la desesperación, que el Hospital Interzonal Especializado Materno Infantil Don Victorio Tetamanti le queda lejos. No hay tiempo.

Faltan cinco minutos para que sean las tres de la mañana del domingo 10 de abril. Yemina no corre, camina rápido: carga, en sus brazos, a su hijo. Está descalza. Marcos tampoco tiene zapatillas: en su pie derecho lleva una ojota, en su pie derecho no, solo una media color gris. Los dos visten la ropa con la que estaban durmiendo diez minutos antes. Cristal, en cambio, luce un jean y una chomba verde con el logo del SAME: su uniforme de trabajo. Está trabajando. En una cabina de la central de comunicaciones, en conjunto con el 911, el comando Sur, el comando Norte y el monitoreo de las cámaras, atiende el teléfono. Es operadora de radio, emergencista y despachante de ambulancias: su función consiste en brindar asistencia telefónica y evaluar, mediante un triage, los criterios de urgencias médicas.

Escucha gritos desgarradores y golpes desesperados en la puerta de la dependencia. Acude rápidamente. Ella y un compañero de monitoreo. Distingue la angustia, la desesperanza. Lo ve a Marcos. El vidrio le impide ver la totalidad del cuerpo. Piensa que está apuñalado, que tiene una herida de bala, que lo golpearon en un robo. Decide, en un impulso de gratitud, abrir la puerta de un edificio privado. No está permitido el ingreso de personas ajenas a la dependencia. No es un servicio de atención al público, no es un centro de salud. Aunque, bien interpreta Marcos, en su interior haya personal de salud.

Cristal le pide a su compañero que abra la puerta. Afuera están Marcos, el papá, Yemina, la mamá, y Marcos, el hijo. Entran los tres. Cristal se sorprende con lo que el hombre trae en sus brazos: un bebé con veinte días de vida. Descubre, en un microsegundo, que no hay sangre, que no está apuñalado, que no le dispararon, que no lo golpearon, que no le robaron nada. Marcos lo primero -lo único

Cristal vuelve a esbozar una teoría rápida: “Lo primero que pienso es que tuvo familia la mujer. Está la camioneta afuera con las puertas abiertas, no la veo a la mamá, imagino que no pudieron llegar al hospital”. Tampoco es eso. Su nueva hipótesis dura el tiempo que le demanda llegar al sentido común, interpretar algo básico: no hay cordón umbilical y el bebé está vestido. No es un nacimiento: es otra urgencia. No entiende bien qué pasa, quiénes son ese hombre desesperado y esa mujer en pijama, y por qué con sus manos ya sostiene el cuerpo de un ser humano. Es la designada para actuar. Mira al bebé. Le ve la cara, la piel y, finalmente, comprende: está morado, está ahogado, no respira, no tiene signos vitales, está sin vida.

Minutos antes, el bebé se había despertado llorando. Yemila se había recostado para darle el pecho en la cama. Su esposo también estaba despierto. Alma, su otra hija, era la única de la casa que siguió durmiendo esa madrugada. A los pocos minutos, el bebé tosió un poco pero no logró expulsar la flema. Las palmeadas en la espalda no sirvieron. Su hijo no reaccionaba. El ahogo era evidente. “¡Vamos al hospital!”, acordaron. La desesperación crecía, el color morado de la piel también. Yemina no podía hacer reanimar al bebé. “¡Hacé algo, Marcos!”, le pidió a los gritos. Viven lejos del Hospital Materno Infantil; viven cerca del estadio José María Minella, de la avenida Juan B. Justo y del COM. En un brote de lucidez, Marcos decidió ir allí.

Ahora, allí, salta, grita, se agarra la cabeza, va de acá para allá. Yemina, en cambio, se mueve menos. Llora, se tapa la cara. No se aleja mucho de su hijo. Cristal ve por primera vez a Yemina y le pregunta: “Mamá, ¿qué le pasó? Mamá, ¿se ahogó?”. Es inútil: está en estado de shock. No responde. Cristal decide, por instinto, empezar a hacerles maniobras de desobstrucción y masajes para levantar la temperatura corporal de la espina dorsal. “Le doy pequeños golpes porque, intuyo, está ahogado con leche y tiene que expulsarlo. No hay respuesta de parte de él con mis pequeños golpecitos en la espalda. Es muy chiquitito. Era consciente de que podía hacerle algo que lo pudiera perjudicar por eso intento hacerlo con mucho cuidado”.

Cristal se aísla. Inventa una cápsula invisible en la que solo caben ella y el bebé. Se abstrae del contexto. Ya no interactúa con nadie. La dependencia se llena de otros operadores, que actúan de contención. O al menos lo intentan: el padre se mueve ampulosamente, la madre no sale de la conmoción, los segundos son espesos. Cristal sabe que el recién nacido está en una situación comprometida. No piensa en salvarle la vida: desea, simplemente, sacarlo de esa situación. “Solo hacía lo que tenía que hacer, estaba segura de que lo que estaba haciendo estaba bien, de que las herramientas las tenía y de que lo podía ayudar”.

Cristal sabrá después que Yemina quiso recuperar a su hijo, que se acercó a su cápsula para quitárselo. “Es lógico que actúe así: me habían dejado a mí, una persona totalmente extraña, con su hijo en un momento muy delicado”, reflexionará Cristal, cuando todo haya terminado. No sabe quién, pero uno de sus compañeros se encarga de neutralizar los impulsos maternos de Yemina con un abrazo y unas palabras: “Dejala trabajar, ella sabe lo que hace, ella la va a sacar”.

Pasan tres minutos lentos. Cristal no interrumpe la reanimación cardiopulmonar boca abajo: la sistematización de una maniobra que busca comprimir y descomprimir su cavidad toráxica con sumo cuidado. “Dale bebé, dale gordito, dale mi amor”, le repite. No sabe cómo se llama. Está parada, con las piernas y el torso flexionado. No son todavía las tres de la madrugada del domingo 10 de abril, cuando Marcos -hijo- le brinda una respuesta casi imperceptible. Es un gemido sutil y un leve intento por abrir la boca. “Confirmado: está ahogado -relatará-. Voy bien. Le veo flema en la boca y se la saco abriéndosela un poco. Sigo con la maniobra. Me di cuenta de que ya tiene ingreso de oxígeno, de que el color de la piel le empieza a cambiar. Digo: ‘Lo estoy sacando’”.

Es la reacción que Cristal buscaba para inaugurar dos nuevas fases del procedimiento: le indica a un empleado del monitoreo de las cámaras de la ciudad que le diga a Agustín, su compañero en el SAME, que despache una ambulancia en código rojo; y se sienta. En la silla, pone en plano a Marcos con el pecho en su rodilla para expandir los pulmones. La recuperación del bebé permanece: ahora reacciona a un soplido de Cristal con un ligero parpadeo y con un movimiento de dedos. La emergencista corrobora sus sospechas: lo está sacando, debe seguir con el masaje de espalda y de tórax. La ambulancia ya tiene que estar por llegar.

Yemina no vuelve en sí. Pero Marcos -papá- queda atento a la evolución de su hijo. Vislumbra que el semblante de Cristal es menos recio. La cápsula ya no es tal: ella levanta la vista y busca interlocutores en la dependencia. Marcos es uno de ellos. La urgencia le impide hablar sereno. Le grita atropellándose palabras: “Señora, dígame si mi hijo vive, si mi hijo respira”. Cristal, en otro registro anímico, le responde: “Me voy a acercar con tu bebe para que veas que respira, que está vivo. Le voy a soplar la cara y vas a ver que hace movimientos con los ojos”. Marcos, recién ahí, deja de moverse con histrionismo. También se sienta en una silla.

Cuando la ambulancia llega, ya hay cuatro patrulleros en la dependencia del COM. Las puertas de la camioneta blanca en la que arribó la familia ahora están cerradas. Dos minutos después de las tres de la mañana, los médicos de la ambulancia ingresan al hall de entrada del edificio. Entre los padres, Marcos, Cristal, los operadores de la central de comunicaciones y los policías, hay doce personas. La emergencista los recibe sin dejar de hacerle masajes en la espalda al bebé. Es curioso: a Yemina y a Marcos -papá- también les refriegan la espalda con movimientos similares.

Los médicos evalúan la salud del bebé en la unidad. Está estable. Cinco minutos después, a las 03:08, parten con destino al Hospital Materno Infantil. En la camioneta blanca, va Marcos -papá-. Con la ratificación de haber atravesado los peores cinco minutos de su vida y antes de subirse a su auto, no se olvida y pregunta, entre los presentes, el nombre de esa mujer vestida de verde. “Ahí justo salgo, me encuentra, me abraza y me dice: ‘Ya voy a saber de vos, ya te voy a venir a ver. Te agradezco, mil gracias por salvarle la vida a mi hijo’”.

Marcos se dirige al hospital y Cristal vuelve a su puesto de trabajo. Le quedan, todavía, cuatro horas para concluir su turno. Piensa más en lo larga que se le está haciendo la jornada laboral: una noche de sábado y madrugada de domingo cargada de accidentes y llamados. No es capaz de advertir la dimensión de su acto. Agustín, su compañero, intenta despabilarla. Él, con dos meses de antigüedad laboral, tiene la paternidad a flor de piel, un hijo de cinco meses y los ojos vidriosos. “¿Entendés lo que hiciste?”, le dice. “Sí, le salvé la vida a un bebé”, naturaliza ella. “Pero, ¿sabés lo que hiciste? ¡Es un bebé!”, le insiste. Cristal lo sabe pero no lo sabe. Lo terminará de entender dos días después.

El martes 12 de abril, mientras estaba de guardia, le preguntaron si quería ver las imágenes del episodio del domingo. Se puso contenta y dijo que sí: “Recién ahí me quebré y entendí lo que había hecho. No lo podía creer. No fui consciente para nada de lo que había hecho. Lo contaba como algo común, como algo natural”. Antes le había preguntado a su jefe si sabía qué había pasado con el bebé en el hospital. Tardaron en averiguarlo: no sabían el nombre ni el tiempo de vida del bebé. Lo localizaron: estaba internado en observación, con una evolución favorable, pronto a ser dado de alta y con un diagnóstico. Marcos padece “traqueomalacia”, la debilidad y flacidez de las paredes de vías respiratorias que se desarrollan luego del nacimiento. Se le curará solo, cuando haya desarrollado la musculatura de la tráquea.

Al día siguiente, Cristal debía entrar a trabajar a las siete de la tarde para cumplir doce horas de módulo en su trabajo como operadora de radio del SAME. No pudo regresar a su casa. El video se difundió. Los medios se agolparon en la dependencia del COM. Marcos había recibido el alta el miércoles. El jueves a las tres de la tarde sus padres lo llevaron de nuevo al lugar donde sobrevivió. Preguntaron por ella. No debía estar ahí pero estaba. “Te buscan, Cristal”, le dijeron. “¿Más periodistas?”, respondió saturada. “No, vinieron los papás del bebé”, le contestaron. Marcos estaba cumpliendo lo que le había anticipado en su primera despedida.

Yemina no tiene recuerdos de esos seis minutos en la madrugada del domingo, entre las 02:55 y las 03:01. Todo en su memoria es difuso. Lo que sabe es lo que le dijeron. Lo que sí recuerda es lo que pasó en el COM la tarde del jueves: “Apenas nos dieron el alta, fuimos a buscarla a Cristal. Conversamos, nos abrazamos, lloramos juntas. Y se lo dije varias veces: ‘No nos va a alcanzar la vida para agradecerte lo que hiciste por nuestro hijo’. Va a ser la madrina. Ya es parte de la familia”.

“Me largué a llorar ni bien los vi. Vinieron con una caja, me trajeron un regaló, me dijeron ‘es un pequeño detalle, vos merecés mucho más’. Felicidad total: me inflé. No lo podía creer. Marquitos estaba dormido. Me quedé un buen rato con él. Lo primero que les dije fue: ‘Es un milagro’. ‘Sí, fuiste nuestro ángel de la guarda’, me respondieron. Lloramos los tres”, relata Cristal. Ella se enteró, en ese momento, del que se llamaba Marcos, que tenía 20 días de vida apenas y que la mamá le estaba dando el pecho cuando empezó a ahogarse. Se pasaron contactos: cuando hablan, suele preguntarles a los padres por “mi bebé”.

En la segunda despedida, además de bombones, caramelos, café, yerba, azúcar, galletitas, tostadas, le dijeron -una y otra vez- “nunca nos vamos a olvidar de vos” y le propusieron formalmente, con la venia de la madrina oficial, el madrinazgo de Marcos. Y en eso también se convirtió Alma Cristal Barraza: en la madrina de un niño al que le salvó la vida.

Alma Cristal Barraza nació con otro nombre hace 46 años en la ciudad de Mar del Plata. Sus padres, oriundos de Balcarce, le dieron siete hermanos: Bernardo, Gonzalo, Hugo, Marcela, María Marta, Liliana y Adriana. A temprana edad notó que la situación que se le había asignado biológicamente no la hacía feliz. Su mamá lo descubrió a los ocho años, gracias a ciertos modismos. “No me hallaba en mi cuerpo. Yo sabía que iba a cambiar, que iba a hacerme una transmutación. Sabía que no me iba a quedar como biológicamente nací, como un chico”.

“Vengo de una familia hermosa, humilde, sencilla pero con grandes valores. Un papá bastante estructurado, una mamá amorosa. Jamás recibí por parte de ellos un rechazo o una señalización. Siempre tuve el apoyo de mis padres y de mis hermanos. Soy una privilegiada. No fue una cosa extraña, traumática. Jamás sufrí discriminación directa. No la padecí. Fui creciendo con amor, con contención y nunca lo tomé personal. Tenía dos salidas: me quedaba encerrada en una habitación o afrontaba la situación y salía a la vida. Elegí lo segundo. Mi padre me pidió y me exigió que nunca agachara la cabeza, que nunca dejara de ir para adelante”, resume.

Asumió su proceso de transformación alejada de su entorno familiar. A los 17 años se fue de su casa: “Me independicé por mi transición de identificación: quería hacerlo sola y después reaparecer ya realizada. Ellos lo sabían y lo aceptaron. Elegí ser quien quería ser, pero siempre estando en contacto con ellos”. Había sido la única de su familia en egresar en la escuela secundaria. Hizo un doble bachillerato: por su estudio matutino obtuvo un analítico pedagógico y por su cursada vespertina recibió un analítico comercial. Salía a las cinco de la tarde y a las ocho de la noche volvía a ingresar a la escuela. Se la pasaba estudiando.

“Lo que no se podía hacer yo lo hacía. Siempre fui contrera, terca, siempre busqué romper esos estereotipos, esas barreras. Una vez precisaban una camarera para un café, caí y en la fila había más de veinte chicas. ‘¿Qué hago yo acá?’, decía. Me tomaron la entrevista, me dijeron que me veían bien pero se ve que buscaban otro perfil. Para mí era ya un logro estar parada ahí, metida ahí y considerarme una más de ellas”, relata.

De esa terquedad, sus logros. El 9 de mayo de 2012 Cristal estaba en la ciudad de Buenos Aires para celebrar la sanción de la Ley 26.743 que permitiría a las personas registrarse en su documento con su nombre, foto e identidad de género. La Ley de Identidad de Género significaba una norma pionera en el mundo que reconoce el derecho de las personas a ser inscriptas en su DNI acorde con su identidad de género y ella estaba en el lugar indicado para festejarlo. Ya con un documento que acredita que se llama Alma Cristal Barraza, pensó por qué su analítico no se ajusta a su nueva identidad. “Si la partida de nacimiento ya está rectificada, si ya la rompieron como a mi DNI anterior, ¿por qué en mi analítico aparece mi nombre biológico? Fui al consejo escolar y les llevé un problema. No sabían cómo encararlo”. Finalmente lo logró: es la primera en realizar un cambio registrado de un nombre autopercibido en un analítico de estudio secundario en todo el país.

Su primer trabajo fue en un correo privado. Estudió para ser auxiliar geriátrica con conocimientos en auxiliar de enfermería. Hizo cursos de primeros auxilios, prevención de enfermedades y otras capacitaciones relacionadas con la salud. En el único hogar para adultos mayores que tomaba mujeres trans para prácticas en Mar del Plata le dieron empleo formal antes de que se recibiera. Tres años y medio después, quiso cambiar y presentó su currículum en un local de productos regionales de la estación ferroautomotora. Dos horas después, fue llamada para la primera entrevista. Atendió el comercio, administró la caja y manejó las exportaciones hasta que sus papeles ingresaron en la administración pública por concurso.

En 2017, el servicio del SAME se implementó en Mar del Plata: antes las emergencias médicas y en vía pública eran cubiertas por ambulancias de empresas privadas que contrataba la Municipalidad. Cristal integra el equipo de radio operadores desde entonces: es la primera mujer transgénero emergencista y operadora de radio del servicio de emergencias del SAME en todo el país. Su paso abrió nuevas posibilidades a otras mujeres trans. “La única bandera que levanto es la de la diversidad”, dice.

Infobae 

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